[Fri May 24 16:28:27 CDT 2013]

Como en muchas otras ocasiones, los humoristas de la prensa diaria son quienes mejor aciertan a reflejar el estado de la cuestión. En este caso, me han gustado, primero, la viñeta de Peridis publicada hoy en El País conjugando el verbo de la corrupción política y empresarial, un maravilloso resumen de la cultura del pelotazo que tanto gusta por nuestros lares:

Y, por supuesto, la viñeta diaria de El Roto no se queda atrás:

La voz de la calle tiene su eco en las viñetas de los grandes diarios, más que en las tribunas de opinión. {enlace a esta entrada}

[Wed May 22 15:40:06 CDT 2013]

Ya he escrito en otras ocasiones sobre este tema en concreto, pero nunca está de más repetir ciertas cosas, sobre todo cuando uno no cesa de oír el constante runrún contra las medidas de austeridad que defiende Angela Merkel en la Unión Europea. Hoy mismo hemos podido leer en El País que Bernanke advierte del peligro de retirar los estímulos de forma prematura lo cual, obviamente, no hace sino fortalecer las críticas contra la política de austeridad seguida por la UE. Pero, como en tantas otras ocasiones, no conviene quedarse sólo en el titular. Cuando uno pasa a leer la noticia completa, se da cuenta de que algo no funciona bien del todo en el Camelot de Obama:

Actualmente la Fed está comprando 85.000 millones de dólares en deuda pública e hipotecaria al mes, al tiempo que mantiene los tipos de interés entre el 0% y el 0,25%. La primera dificultad será decidir el momento en el que empezará a moderar el estímulo. Pero el reto mayor será reducir los 3,35 billones que acumula en balance y llevarlo a los 900.000 millones previos a la crisis.

¡Ahí es nada! La Reserva Federal estadounidense tiene en sus libros de contabilidad en estos momentos un total de 3,35 billones de dólares en deuda pública e hipotecaria que ha ido comprando a fuerza de imprimir moneda. No estoy seguro de que el lector medio se pueda dar cuenta de las tremendas implicaciones que tiene ese hecho. El caso es que, tarde o temprano, la Reserva Federal no tendrá más remedio que quitarse buena parte de esa deuda de encima. Y, como es obvio, alguien tendrá que comprarla (si hay suerte, por el mismo o mayor precio que al que la compraron ellos) y, además, tamaña operación habrá de hacerse sin que tenga consecuencias negativas en la economía. Pero ahí no queda la cosa, ni mucho menos. Uno debiera preguntarse también si una economía que ha ido saliendo de forma renqueante de la recesión gracias al hecho de que su banco central está lanzando 85.000 millones de dólares al mercado todos los meses en realidad se está recuperando. Después de todo, conviene no olvidar que lo que condujo a la crisis del 2007-2008 fue precisamente la burbuja especulativa creada como consecuencia de la enorme liquidez disponible en los mercados porque los agentes económicos (cuidado, todos los agentes económicos, no sólo el Estado) se habían endeudado hasta las cejas durante muchísimo tiempo. En realidad, lo que sucede es que la política de estímulos del dúo Obama-Bernanke consiste en seguir la misma irresponsable línea de endeudamiento masivo para generar demanda y que la economía siga adelante de alguna forma. Ni que decir tiene que esto no puede funcionar a largo plazo. Es un mero parche porque nadie quiere afrontar la realidad y, sobre todo, nadie quiere pagar el precio político que ello conlleva. Por si todo esto fuera poco, habría que observar, además, que, si creemos las cifras oficiales, la inflación está bajo control. En otras palabras, que una economía en la que estamos virtiendo un total de 85.000 millones de dólares al mes no ve subir los precios. ¿Qué nos dice eso con respecto a la demanda agregada? Pues sólo puede explicarse asumiendo que la demanda agregada real (esto es, la que no está siendo inflada artificialmente usando la máquina de imprimir billetes) está en realidad más bien hundida o, como mucho, con encefalograma plano. ¿Cómo diantres podemos explicar, si no, que la inflación no se mueve?

Dicho eso, no niego que la política de austeridad que promueve Angela Merkel tiene como consecuencia directa el enfriamiento de la economía. ¿Cómo negar la evidencia? Lo que sí que critico es la posición de quienes apuntan a las políticas de Obama y Bernanke como alternativa realistsa. Sencillamente, no lo son. No están haciendo sino retrasar el momento de la verdad, el momento en que tendrán que afrontar que nuestras economías vienen creciendo desde aproximadamente mediada la década de los ochenta sin ninguna base sólida, sino solamente tirando de chequera. No me estoy inventando nada. No hay más que echarle un vistazo a las cifras.

Es decir, ni siquiera en la época de la crisis de los años treinta, el New Deal y la Segunda Guerra Mundial se alcanzaba los niveles de endeudamiento que tiene al economía estadounidense en estos momentos. Y hay que fijarse que tampoco puede culparse a la reciente crisis financiera de 2007-2008, puesto que la tendencia comenzó claramente hacia 1984 y, ya hacia 2005 aproximadamente, casi se había duplicado el record de deuda total que se alcanzó anteriormente hacia 1935 o así. De hecho, el nivel de endeudamiento total de 1934 se volvió a alcanzar hacia 2004, bastante antes del estallido de la crisis actual. Vuelvo a repetir. Lo que estamos viendo aquí es, sin lugar a dudas, una tendencia estructural del sistema económico como tal. Y, por consiguiente, es algo que solamente podrá solucionarse con cambios muy profundos. Nuestros líderes, sin embargo, siguen viéndolo todo al corto plazo, que es donde ocurren las elecciones y donde ellos se juegan el cargo.

Supongo que la pregunta obvia, entonces, es si me parece que la política de austeridad defendida por Merkel es, de hecho, la única salida a la situación. Y, aunque seguramente sorprenderé a algunos de mis amigos, estoy convencido de que la respuesta es un sí cualificado. Me explico. Tras el derroche de las últimas tres décadas, en las que crecimos de una manera insostenible y engañosa tirando de la deuda, creo que, efectivamente, ha llegado el momento de la austeridad, la hora de vivir dentro de nuestras posibilidades. Sencillamente, visto lo visto, y como comentaba en los párrafos anteriores, no veo cómo pudiera ser de otra forma. Podría engañarme a mí mismo y a los demás, pero no me parece sensato ni honesto. Por consiguiente, no comparto para nada las críticas que oigo por parte de mucha gente de izquierdas hacia Merkel y demás, al menos en lo que respecta a la idoneidad de llevar a cabo una política de austeridad. Ahora bien, donde comienzan mis desacuerdos con Merkel y compañía es en la forma de implementar la política de austeridad. Porque puede hacerse repartiendo las cargas de forma más o menos equitativa o, tal y como se está haciendo, dejando que sean la gente normal y corriente la que saque las castañas del fuego a tanto empresario, financiero e inversor de pacotilla que sólo quiere estar a las maduras, pero no a las duras. Pero el que se aplique la austeridad de una u otra forma va a depender, como es obvio, de la correlación de fuerzas en la sociedad. No de las urnas, cuidado. La presencia de diputados de uno y otro signo político solamente tendrá influencia en la forma de austeridad que se aplique siempre y cuando haya movilización de la gente normal en las calles. Así es como funciona esto. Las élites económicas tienen la sartén por el mango y únicamente cederán parcelas de poder si se les hace presión. La izquierda, por tanto, debe movilizarse. No estoy llamando al asalto del palacio de invierno, sino tan sólo a una movilización social que haga presión desde abajo para facilitar la toma de decisiones políticas en las instituciones.

Por lo demás, conviene no olvidar nunca otro asunto que, bien entrado ya este siglo XXI, debiera estar siempre presente en nuestra mente cuando hablamos de estos asuntos: la crisis ecológica y la necesidad imperiosa de alcanzar la sostenibilidad. En este sentido, por cierto, no veo cómo podemos contribuir a mejorar la situación sin apostar por la austeridad material. Esta es, precisamente, una razón más para mostrar mi firme desacuerdo con quienes desde la izquierda critican las políticas de austeridad y fomentan unas políticas de estímulo que, en realidad, no harían sino continuar profundizando la senda de consumismo y destrucción de los recursos naturales que comenzamos allá por la postguerra. La contradicción en que caen mis compañeros me parece bien evidente. No se puede criticar los excesos del consumismo y, al mismo tiempo, reivindicar unas políticas de estímulo que no harán sino multiplicar el consumo tirando de deuda para solucionar los problemas que tenemos planteados a corto plazo, sin pensar siquiera en las consecuencias que ello tendrá de aquí a veinte o treinta años. Lo digo tal y como lo siento. Me parece abominable. {enlace a esta entrada}

[Wed May 22 09:18:21 CDT 2013]

En lo que respecta a la política, nunca me ha gustado la demagogia fácil, ni tampoco el fanatismo partidista. De ahí que nunca sintiera demasiada simpatía por Alfonso Guerra, a pesar de reconocerle otras cualidades sin duda más positivas. De la misma forma, no me atrae nada la figura de Esperanza Aguirre, quien me parece demasiado arrogante, egocéntrica, ambiciosa y dogmática como para considerarla realmente una liberal, que es precisamente como a ella le gustaría que la viera todo el mundo. El liberalismo, si acaso, lo lleva como bandera o etiqueta, pero no como filosofía o estilo. Sencillamente, su estilo es demasiado abrasivo y ramplón como para que yo lo considere auténticamente liberal, al menos en el sentido clásico del término. Ayer, por ejemplo, leíamos unas declaraciones suyas en el contexto de una noticia publicada por El País acerca de la reforma educativa que propone el ministro Wert:

La presidenta del PP de Madrid, Esperanza Aguirre, calificó la reforma educativa "paso de gigante" y ha arremetido con los "progres españoles empecinados" en unas leyes educativas que han tenido como consecuencia "un paro juvenil del 52 por ciento" ya que "el daño causado tarda mucho en desaparecer".

Como decía, unas declaraciones llenas de odio, demagogia, dogmatismo y, sobre todo, rencor (y fervor) partidista. No veo qué pueda tener esto que ver con el liberalismo de corte clásico, caracterizado más bien por la sensatez y la apuesta por lo razonable (cuando pienso en un auténtico liberal se me viene a la cabeza el nombre de Manuel Azaña, por poner un ejemplo). Seamos honestos, el alto índice de paro juvenil no tiene nada que ver con el sistema educativo, sino con nuestra estructura económica. Cuando su antiguo jefe de filas, Aznar, se puso a construir el "milagro económico español" a mediados o finales de la década de los noventa, optó por un modelo económico basado en la construcción y la mera especulación (o, lo que es lo mismo, sectores de poco valor añadido y que no requieren mano de obra cualificada). De aquellos polvos vienen estos lodos, por más que el ex-presidente quiera ahora presentarse como salvador de la patria y cirujano de hierro capaz de volver a sacar a nuestro país del pozo en que se encuentra (por cierto, que tampoco estaría de más recordar que en aquellos años también se vio un crecimiento económico que entonces se pensaba imparable en otros países de nuestro entorno, lo cual quizá debiera llevarnos a pensar que no se trató tanto de la mano de oro de nuestros supuestamente maravillosos e iluminados gobernantes como de las circunstancias que les tocó vivir). Sencillamente, si la raíz última del problema fuera nuestro sistema educativo, no veríamos ahora al Reino Unido y Alemania más que dispuestos a aceptar a nuestros jóvenes en sus empresas. No me cabe duda de que una reforma educativa es necesaria, pero haríamos bien en consensuarla entre los principales partidos y dejar de dara bandazos. Pero, sobre todo, convendría darse cuenta de que el problema del desempleo no tiene nada que ver con el sistema educativo, sino con nuestras propias estructuras económicas. Es ahí donde debemos incidir si realmente queremos solucionar el problema a medio y largo plazo. De lo contrario, al igual que ya sucedió con Aznar, volveremos al pan para hoy y hambre para mañana, es decir, a parchear las cosas para salir adelante de forma improvisada y fomentar el crecimiento a corto plazo con alguna otra burbuja que, tarde o temprano, volverá a estallar en nuestras caras. {enlace a esta entrada}

[Tue May 21 15:12:14 CDT 2013]

De un tiempo a esta parte, no para uno de oír propuestas de lo más "verde". Que si automóviles híbridos (o directamente eléctricos), energías renovables para allá o para acá, economía sostenible, reciclado... en fin, toda una parafernalia de métodos y técnicas que, al menos en teoría, debieran acabar con (o, cuando menos, frenar) el uso desenfrenado de los recursos naturales que caracteriza a nuestra civilización industrial avanzada. Así que tiene bien poco de extraño leer hace apenas unos días que la FAO llama a extender las dietas basadas en insectos ante el imparable crecimiento de la población en nuestro planeta. La noticia, como era de esperar, está repleta de comentarios medio chistosos sobre la reacción de mucha gente a la idea misma de comer estos bichos, pero, eso sí, para mi sorpresa, en ningún momento se pone en cuestión que se trataría de una solución más ecológicamente sostenible. Yo, sin embargo, tengo mis dudas. De hecho, no creo que haya que reflexionar demasiado para darse cuenta de que algo no cuadra en todo esto.

Veamos. En primer lugar, habría que dejar bien claro que el problema del hambre en el mundo tiene bien poco que ver con la falta de alimentos o la necesidad de incrementar la producción agrícola y, sin embargo, mucho que ver con el despilfarro que nos caracteriza a los países ricos y, por supuesto, la extremadamente injusta distribución de los alimentos en que incurre el sistema de libre mercado que en este caso, como en tantos otros, se muestra eficiente, pero no eficaz. Ya hemos leído en otros lugares que aproximadamente un tercio de la comida que se produce en todo el mundo se tira a la basura o se pierde por el camino (aquí hay un enlace, en inglés). Es más, mientras que la producción total de alimentos se ha triplicado desde principios de la década de los sesenta, la población como tal solamente se ha duplicado desde entonces. O, lo que es lo mismo, que, repitamos una vez más, el problema no es debido a la sobrepoblación (aunque eso no equivale a decir que el tema no debiera preocuparnos), sino a las propias ineficiencias de un sistema económico que pone el beneficio y la rentabilidad económicas por encima de cualquier otra cosa.

Pero es que, en segundo lugar, no parece que tanto experto como tiene la FAO se pare siquiera a considerar el efecto negativo que pueda tener el consumo masivo de insectos en el ecosistema global. ¿O es que acaso piensan que los insectos no desempeñan papel alguno en el ecosistema? La viñeta de Ramón publicada ayer en El País viene a ilustrar esto bastante bien:

Y es que, en el fondo, el problema real es nuestra visión de todo lo que nos rodea como mero objeto al servicio de nuestros propios intereses. Hasta que no cambie eso, dudo mucho que lleguemos siquiera a acercarnos a una situación en la que podamos vivir en este plantea sin causar la destrucción masiva que solemos causar. {enlace a esta entrada}

[Fri May 17 13:22:26 CDT 2013]

Hace ya algo más de una semana que leí en El País que expertos de la Generalitat proponían prescindir de la mayoría de funcionarios. El titular, la verdad, me parece algo manipulativo. Cuidado, no falta a la verdad en el sentido más estricto, pero da a entender algo que me parece que es incierto, pues la impresión que cualquier lector que no vaya más allá del titular se va a llevar es que quienes escribieron el informe proponen despedir a los funcionarios o privatizar los servicios cuando, a juzgar por el contenido de la noticia, no se trata de eso. De hecho, esto que digo debiera quedar ya bien claro desde el primer párrafo:

La Comisión de Expertos designada por el Gobierno catalán para elaborar un informe sobre la reforma de la Administración pública y su sector ya ha finalizado su trabajo y ha entregado el informa a la vicepresidenta del Gobierno, Joana Ortega. El grupo que preside el catedrático Guillem López-Casasnovas aboga por una Administración más "eficaz, eficiente, transparente y que rinda más cuentas", que considere al ciudadano su cliente y que esté mucho más profesionalizada que ahora. Entre otras propuestas, el documento al que ha tenido acceso El País reclama que solo haya funcionarios en puestos que requieren del ejercicio de la autoridad, como la policía, los inspectores o quienes otorgan licenciasa. El resto, que se encargue a personal laboral, esto es, contratos indefinidos pero no de por vida commo los de los funcionarios. Hoy la Generalitat tiene 160.000 empleados, de los cuales 122.000 son funcionarios; 26.000, interinos, y 12.000, laborales.

Ya creo haber escrito aquí mismo sobre este este tema en otras ocasiones. No me parece mal del todo la propuesta. Sencillamente, así es como funciona en otros países de nuestro entorno (seguramente no en Francia, que es de donde calcamos a menudo nuestra organización administrativa por razones históricas). Hay que subrayar, como decía antes, que no se trata de proponer el despido masivo, ni tampoco la privatización de los servicios. Lo que se propone es, más bien, que la amplia mayoría del personal administrativo pase a tener un contrato indefinido como el de cualquier otro empleado de cualquier otro sector. No acierto a ver problema alguno con esa idea. Incluso estaría por decir que quizás redundara en mayor eficacia y eficiencia en los servicios prestados por parte de la Administración. Uno no acierta a entender la razón por la que un funcionario que se limita a atender a los ciudadanos tras una ventanilla desempeñando un trabajo de oficinista ha de tener un empleo garantizado de por vida con una enorme cantidad de privilegios que no tienen los oficinistas que trabajan en el sector privado. Por lo general, seamos honestos, la consecuencia de esto suele ser que el funcionario en cuestión presta un servicio de poca calidad porque, entre otras cosas, no hay forma de obligarle a que rinda.

Ahora bien, no es menos cierto que deberíamos tener en cuenta otras consideraciones de enorme importancia, sobre todo la posibilidad de que en un contexto como el que proponen los autores del informe la Administración Pública se llene de enchufados del partido político de turno. No hay más que pensar que, si con el sistema actual, que obliga a la realización de oposiciones, ya sucede esto, puedo imaginarse uno lo que sucedería con la mera contratación de empleados siguiendo un sistema parecido al del sector privado. En otras palabras, el sistema de oposiciones está desfasado y desprende un clarísimo olor a tradición decimonónica, pero se pregunta uno qué sucedería si decidiésemos acabar con él. Lo mismo resulta que la medicina es peor que la enfermedad. En definitiva, que las políticas se ponen en práctica en un contexto social y cultural, y el nuestro no es precisamente muy favorable a contratar al candidato más capacitado, en lugar de al más recomendado. {enlace a esta entrada}